Panamá Oeste dejó atrás la inacción y hoy avanza.

Ayer tenía una reunión en Ciudad del Saber a las 6:30 p.m. Las vías estaban colapsadas y todos llegamos tarde. Lo más preocupante fue que, al salir cerca de las 9:00 p.m., el tranque en esa zona estaba peor. Esa no es una excepción: es la realidad diaria de miles de panameños.

El Cuarto Puente sobre el Canal y la Línea 3 del Metro no son lujos ni caprichos de infraestructura: son obras urgentes para corregir una deuda histórica con Panamá Oeste. Durante años, miles de familias han tenido que organizar su vida alrededor del tranque, la incertidumbre y la pérdida diaria de tiempo para poder estudiar, trabajar, producir o acceder a servicios básicos en la capital.

La historia del Cuarto Puente es un retrato de cómo Panamá ha perdido tiempo valioso. En el gobierno de Ricardo Martinelli, el proyecto se puso sobre la mesa pública y comenzó su fase de impulso político y conceptual. En el gobierno de Juan Carlos Varela, la obra dio el paso formal decisivo: fue licitada y adjudicada. Pero en el gobierno de Laurentino Cortizo, pese a que el país ya tenía una necesidad evidente y acumulada, no se produjo el avance material que Panamá Oeste esperaba. Hubo rediseños, revisiones y demoras, pero no la ejecución que exigía la magnitud del problema.

Esa inacción hoy tiene un costo real para el país. La pagan los trabajadores que salen de madrugada desde Arraiján, La Chorrera y otros puntos del Oeste para llegar a tiempo a sus empleos. La pagan madres y padres de familia que ven reducido su tiempo con sus hijos por pasar horas atrapados en la carretera. La pagan estudiantes, docentes, personal de salud, comerciantes, transportistas, técnicos, emprendedores y servidores públicos que dependen todos los días de una conexión funcional con la ciudad.

También la pagan sectores estratégicos para la economía nacional. Panamá Pacífico depende de esa movilidad para sostener su actividad empresarial, residencial, logística y aeroportuaria. El área portuaria del Pacífico, los servicios vinculados al Canal, el comercio, la educación superior, el turismo, la cadena de abastecimiento y buena parte del movimiento hacia el interior del país necesitan una conectividad confiable. Cuando esa conectividad falla, no solo hay más tranque: cae la productividad, aumenta el desgaste social, se encarece la operación económica y se profundiza la sensación de abandono.

Pero la solución de fondo no pasa únicamente por mejorar la movilidad. También pasa por generar más empleo en Panamá Oeste, para reducir la migración laboral diaria hacia la capital. La Chorrera y el resto de la provincia tienen potencial real para crecer en agro, agroindustria, agroturismo, turismo interno, logística y servicios. Panamá Oeste, por ejemplo, no parte de cero: además de registrar 86,430 cabezas de ganado vacuno, concentra el 95% de la producción nacional de piña, y en zonas de La Chorrera también convergen actividades como la producción avícola y el Café de bajura. Aquí no solo se puede producir más; también se puede procesar, empacar, transformar, vender, recibir visitantes y crear cadenas de valor que dejen más empleo local. Si logramos que más panameños puedan vivir y trabajar en Panamá Oeste, no solo reducimos el tranque: mejoramos la calidad de vida, fortalecemos la economía local y hacemos un desarrollo más equilibrado para el país. Y no hablamos de un problema menor: la Línea 3 está diseñada para atender una demanda aproximada de 160 mil pasajeros diarios y beneficiar a más de 500 mil personas de Panamá Oeste. En una ocasión tuve la oportunidad de visitar los avances del Cuarto Puente, y quedé impresionado por la magnitud del proyecto y por la velocidad a la que finalmente está avanzando. Ahora sí se siente que la obra va con paso firme.

Por eso el Cuarto Puente y la Línea 3 del Metro son indispensables. Juntos representan una solución estructural para devolver tiempo, previsibilidad y calidad de vida a cientos de miles de panameños. No se trata únicamente de mover carros o trenes: se trata de permitir que la gente llegue antes a su casa, que los trabajadores pierdan menos horas improductivas, que las empresas operen mejor, que el país sea más competitivo y que Panamá Oeste deje de ser tratado como un territorio dormitorio condenado al atraso.

La discusión de fondo es simple: cuando el Estado posterga obras críticas, no está ahorrando; está trasladando el costo a la población. Y ese costo se mide en horas perdidas, estrés, menor productividad, menos oportunidades y peor calidad de vida. Panamá Oeste ya esperó demasiado. Estas obras son necesarias no solo para mejorar la movilidad, sino para hacer justicia territorial y devolver dignidad cotidiana a quienes sostienen con su trabajo una parte esencial del país.

Hoy, por fortuna, ya se empieza a sentir un cambio de ritmo. El impulso que el gobierno del presidente José Raúl Mulino le está dando al Cuarto Puente y a la Línea 3 del Metro es una señal positiva de que Panamá Oeste finalmente está dejando de ser una promesa postergada. Después de tantos años de demoras, estas obras avanzan con el sentido de urgencia que el país debió tener desde hace mucho tiempo. Lo importante ahora es no detenerse. Panamá Oeste ha esperado demasiado, y miles de familias merecen ver terminadas las soluciones que les devolverán tiempo, oportunidades y calidad de vida. Cuando estas obras se concluyan, no solo habremos mejorado la movilidad: habremos dado un paso firme hacia un país más productivo y con mejor calidad de vida para su gente.


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